Sombras a la luz
Dubrovnik dormía el sueño de las ciudades sin tiempo. Una ligera bruma desenfocaba la decoración de las fachadas iluminadas del casco viejo, mientras la fría humedad calaba hasta lo más profundo de los huesos. El bullicio habitual del turismo se había reducido a algún grupo perdido de borrachos cuyas risas y tropiezos rompían el silencio de la noche. Y, de tanto en tanto, se sentía el ulular de las sirenas lejanas de los barcos entrando y saliendo del puerto.
Me dirigía al lugar donde había quedado con Stella y Eumeo, quienes se habían adelantado mientras yo acababa de hacer mis cuentas con el tabernero. Al mismo tiempo que apresuraba los pasos mi mente bullía en proyectos acerca de los lugares adonde me proponía viajar, en la región oriental del Mediterráneo: Corfú y las Islas Griegas, Turquía, tal vez Egipto, o tal vez el Mar Negro a través del Bósforo, ...
Casi sin darme cuenta, me encontré con Eumeo, quien talmente hubiera parecido un pedigüeño de no ser por hallarnos ya lejos de la zona más turística del casco viejo, al lado de la antigua judería. Me saludó y hizo seguidamente un gesto con su mano pidiendo paciencia, señalando seguidamente a un oscuro callejón. Ante mi gesto de duda, pronunció una palabra que seguramente tenía pleno significado en su extraño idioma, pero que a mí sólo me sonó al griego que había oído pronunciar a mis conocidos de letras. La constatación de mi ignorancia sólo provocó que soltara un bufido y cruzara los brazos. Creo que en el silencio que siguió debió de oír los chirridos de mi oxidada máquina mental intentando deducir qué demonios intentaba decirme...
"A ver, piensa, mi querido Sotomonte... ¿En qué situación una mujer le pediría a su acompañante que vigilase el paso mientras ella se interna sola en un callejón oscuro a plena noche?"
Y entonces recordé que Stella había bebido bastante en la taberna y en ningún momento la marinera había ido a "achicar las aguas". Comencé a reir, haciendo que Eumeo se girará de repente hacia mí y, al verme, cambiara su ceño fruncido por una sonrisa cómplice.
Y, de repente, un fundido en negro interrumpió mi risa y ante mis ojos cruzó una imagen..
Fue sólo un instante, pero supe, tuve el presentimiento, que algo andaba mal... Me dirigí al callejón donde había ido Stella, haciendo a Eumeo un gesto para que me siguiera, pero él ya estaba corriendo para allá, increíblemente ligero. Enseguida me adelantó y mientras me adentraba en las sombras pude ver que, en un rincón dos figuras humanas (una de ellas sin duda femenina) parecían fundirse en un beso.
Sólo que no era un beso. Stella ofrecía su cuello desnudo a un personaje vestido en hábito de monje, del cual sólo podía distinguir su larga y blanca cabellera. Ninguno de los dos hizo el más mínimo gesto de advertir nuestra presencia.
Entonces atacó Eumeo y lo vi convertirse en un dios. Pareció crecer en estatura y juventud, su tez más morena, más recia la mandíbula y los movimientos sin duda eran los de un atleta. A mi mente vino una frase leída mucho tiempo atrás:
«Forastero, ahora me pareces distinto de antes; tienes otros vestidos y tu piel no es la misma. En verdad eres un dios de los que poseen el vasto Olimpo. Sé benevolente para que te entregue en agradecimiento objetos sagrados y dones de oro bien trabajado. Cuídate de nosotros.»
Y no había duda que así lo haría. Del bulto de su espalda sacó una espada de reyes y dejó caer el resto al suelo. El ruido sacó al monje de su ensimismamiento y todo se volvió un confuso agitar de formas y chocar de metales. O debería haberse vuelto.
No entendía cómo podía seguir lo que sin duda eran movimientos de endiablada celeridad de ejecución. Pero lo cierto es que acerté a ver cómo el enemigo sacaba un enorme cuchillo con el que consiguió parar un mandoble que hubiera partido montañas. Un momento de forcejeo, se midieron las fuerzas y comenzó un intrincado baile en el que los dos contendientes giraban alrededor del cuerpo caído de Stella, aún inconsciente.
Un latido sonó en mi pecho.
No entendí cómo, pasé entre los dos luchadores y saqué a Stella del círculo de combate. La criatura, lo que fuera ese ser con el que nos habíamos topado, dio un chillido de rabia y gritó en un arcaico español:
- ¡Maldito seáis, Sr. Sotomonte! ¡Inmunda némesis del Mesias de Sangre!
Un segundo latido, y Eumeo aprovechó la distracción de su rival, para golpearle con su antebrazo y derribarlo en el suelo. El monje intentó levantarse sin casi dar muestras de aturdimiento, pero el filo de la espada apuntando a su cuello le hizo cambiar de idea. Eumeo nos miró un momento, Stella parecía recuperar su consciencia, y alzó la espada presto a sesgar la cabeza del caído.
Tercer latido. Y con él tres revelaciones:
El origen de mis pesadillas. El de mi súbita velocidad. Pero sobretodo, quién era el monje...
Las palabras surgieron por sí solas...
- Deteneos, Eumeo. ¡No debéis matar a ese no-muerto!
Todos me miraron, incluyendo a Stella, ya despierta. Suspiré y hablé al monje.
- Tú eres Bernardo. Bernardo de Toledo.- suspiré - ¿Qué extraño destino te ha traído a este lugar desde tu Edad Oscura, vampiro loco?
(Foto 1 @Megsona. Foto 2 @Zecco. Foto 3: @historiaste.net. Foto 4: escena de El Nombre de la Rosa)







3 comentarios.:
Me alegra que hayas vuelto a publicar tu aventuras -y desventuras-, Sotomonte. Espero que esto siga.
Saludos
fa moltissim k no se de tu! com esteu tots?? remember me? heidi:)
kisses
Salut, Ms Heidi! Nice to meet you! Però recorda que aquestes és només una de les parts del Sr. Sotomonte. Si no la recordes, el nostre contacte comú Adiant et pot donar la clau per accedir a les respostes que demanes... ;)
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